"Sostengo que la Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta. La verdad puede ser descubierta por cualquiera de nosotros, sin la ayuda de autoridad alguna; al igual que la vida, está siempre presente en un sólo instante"

Jiddu Krishnamurti

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Thursday, May 3, 2012

Entre el cerebro y el corazón


Julio César, general romano, hombre de estado y sabio que fue, solía decir que los hombres creen gustosamente aquello que se acomoda a sus deseos. Es decir, solemos creer porque gusta, conviene o por simple inercia, y no por analizar fría e imparcialmente la información. La contraparte de esta costumbre es que cuando escuchamos informaciones desagradables, contrarias o incómodas que puedan aparentar ser por cualquier razón, generalmente tendemos a desecharlas y a no darles la consideración adecuada. Dicho de otra manera, somos poco objetivos.
La inconveniencia de este generalizado, frecuente y difícilmente reconocido hábito es que desafortunadamente nos conduce, sin darnos cuenta, a creer en falsedades y mentiras y, asimismo, en erróneamente  descartar verdades. Generalmente solemos creer instintivamente y con poco recelo en aquello que agrada y que encaja con nuestros preconceptos y suposiciones; mientras que aquellas informaciones, datos y perspectivas que los contradigan, o aparentan hacerlo, tienden a ser rechazados de antemano, eludiendo así el análisis crítico. En otras palabras, sobreponer lo que sugiere el corazón a lo que dicta la razón no necesariamente conduce a decisiones acertadas. Pero a la vez, tampoco hay que subestimarlos, ya que junto con la intuición los sentimientos constituyen un factor que nos puede ser de utilidad a la hora de tomar decisiones. Al mismo tiempo, aunque la razón no lo es todo, su uso es primordial.
Los casanovas, propagandistas, vendedores de ilusiones, y falsos profetas y mesías que por todas partes abundan conocen muy bien esta verdad fundamental de la sicología humana: la de a menudo dejarnos dominar por las emociones. Las palabras bonitas disuaden el razonamiento crítico. Por comodidad las aceptamos de inmediato con escasa evaluación de la situación puesto que nos halagan y resuenan con nuestra persona y deseos. Pero lo que en realidad estamos haciendo cuando así actuamos es distraernos, dejarnos dominar por la pasión y predisponernos a ser manipulados. La propaganda omite los mensajes y datos negativos e inconvenientes y no dicen toda la verdad, sino únicamente aquello que nos agrada escuchar. Su táctica es tocar las emociones. Es un talento compartido y frecuentemente empleado por los políticos, y, como si de una regla se tratare, reflejada en la frase de Julio César, quien además de haber sido un exitoso estratega militar, también fue un hábil hombre político.
Si queremos ser objetivos y obtener una visión mas clara de las cosas, hay que asumir una cierta frialdad y desapego, pausar y razonar tomando en consideración también aquello que aparenta ser contrario, negativo o inverosímil; de esa manera podemos acercarnos más a la verdad. Es precisamente la facultad del intelecto la que nos permite reconocer que hay  espacio para la intuición. La virtud está en el medio, y en aras del equilibrio en la toma de decisiones, los sentimientos nos pueden servir de barómetro o brújula, pero el intelecto es el timón.


“El que no sabe razonar es un necio; el que no quiere razonar es un fanático; el que no se atreve a razonar es un esclavo”.  
Andrew Carnegie (1835-1919) Industrial, empresario y filántropo estadounidense

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